Ser compasiva contigo misma significa, inicialmente, abrir el corazón. Abrir el corazón a tu historia, a la historia de tu útero. Ese es el encuentro con lo que eres tal cual eres, aquí-ahora.

Sé amable contigo, traspasa el juicio, la crítica; recibe las sensaciones sin esperar que algo sea distinto a lo que es ahora. Haz espacio al permitirte ser lo que eres. Allí puedes incluir todo eso en tu presencia. El objeto de tu rechazo, el rechazo y tu presencia en el auto-rechazo, todo puede estar aquí; con tu otra parte, la que te gusta, a la que te aferras y demás.

Al verte tal cual eres, probablemente descubrirás algunas acciones internas que causan aflicción, dolor, sufrimiento, y que no las has creado intencionalmente. Son mecanismos de defensa y automatismos heredados desde el amor y la intención de protección. Están en los linajes de las mujeres, profundos, marcados en el cuerpo. Necesitamos empezar a conocerlos en la versión propia, adentro del corazón, para ver que son falsos.

a compasión es el espacio que permite esa observación, con cuidado, respetando el tiempo de tu proceso. Sin generarte más dolor, sin exigencia de trascender o sanar. No puedes exigirte ser compasiva ni trasmutar el dolor. Cada vez que te observes en esas tendencias, regresa al espacio compasivo. ¿Cómo lo haces? Sueltas la carga extra: no eres tú el problema, no es el suceso el problema, ni la emoción ni la vivencia, es el elemento que pones en el medio entre tu corazón y lo que sucede: exigencia, rechazo, apego, critica, maltrato.

No lo hagas, no pongas nada entre tu corazón y la vida. Y date tiempo… respíralo, respira el espacio compasivo mientras entras y sales de él.

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