Dejar de ser tumba para ser un libro abierto

En tiempos de guerras y devastaciones, las iglesias son lugares de refugio. En ese sentido, lo sacro se convierte en recurso de protección y en el ocultamiento prima el silencio. Sin embargo, los enemigos no respetan lo sagrado y la historia está llena de relatos de profanación. No quiero que mi útero sea mi supervivencia ni tampoco una tumba donde se silencien los secretos. Transformar la negación en veneración es más de lo mismo.

Como la mayoría de las mujeres, el útero emergió en mi consciencia a través del dolor, que tuve que silenciar y esconder porque era incorrecto, excesivo, vergonzante y me convertía en mujer profana, mostraba mi debilidad y mi sangre, también mi ineptitud como madre. Cerrado y silenciado, guardaba los secretos del linaje, pero más que eso, aprisionaba las memorias de dolor, de violencia y maltrato que en esta vida y en este cuerpo sufrí. Empezar a sentirlo requirió encontrarme y trabajar con ese dolor. Sentir es escucharse desde el cuerpo, habilitar espacio para el relato que emerge naturalmente en la comunión con tu ser. Tu ya sabes lo que silencias, es la honestidad la que disponibiliza el sentir.

No existe un útero sin historia, porque ese es el devenir de las mujeres, y mi historia personal es bastante común. Cuanto mas hablo con ustedes, más común la encuentro, porque infinitas han atravesado similares situaciones en todos los tiempos.

Comprenderlas mundanas no les quita valor a mis vivencias, pero sostenerlas como sagradas requería sostenerlas y por ello, en un momento, las resigné: sané mi trauma y también trascendí mi sanación. Entonces, ni dolor ni logro, solo un útero en un cuerpo en una consciencia, tal como tantas otras.

Soy solo una más. Nada especial.


El marketing de lo sagrado

Queremos ser especiales. Queremos tener cosas especiales y pertenecer a lo especial. Lo excepcional y exclusivo es deseado, aporta un cierto sentido de ser y también de pertenencia. Entrar al selecto grupo de mujeres sagradas —o con úteros sagrados— crea esa ilusión, pero en realidad es una necesidad que emerge de la sensación de carencia y desvalorización que las mujeres tenemos tan internalizada ancestralmente.

En la medicina china se describe al útero como órgano extraordinario, pero no por lo que hace, sino porque está afuera de la norma con la que se describen el resto de los órganos y comparte esa denominación con varios otros (cerebro, médula, huesos, vesícula biliar y más). Es probable también que en la antigüedad las tribus, en el desconocimiento de lo biológico, tuvieran veneración por el proceso desconocido por el cual un bebé llegaba al mundo. Asimismo, la Biblia y las religiones usan al útero y al vientre materno como elementos de manipulación, para limitar a las mujeres a los roles del hogar.

En el taoísmo se describe al útero como un espacio de potencial poder alquímico y a la sangre menstrual también con cualidades transformadoras. Ello puede suceder a través de prácticas específicas que toman toda la vida cultivar. Pero, en dichas prácticas, el útero nunca tiene más preponderancia que el corazón, ni que la mente sabia y entrenada, ni que el resto de los órganos que aportan cualidades energéticas también importantes y necesarias para la persona.

Por desconocimiento, sobreinterpretación o intencionalidad, el útero sagrado se ha convertido en un aspiracional para muchas mujeres porque aporta esa cualidad de especial, junto con cierta idea de pertenencia.

Pertenecer y ser la elegida son dos mecanismos de supervivencia que hemos desarrollado desde los inicios de la humanidad y el patriarcado. Ser la elegida —de un hombre: marido, rey, sultán para su harén, gurú, maestro o líder de un templo— le aportaba a la mujer privilegios y poder por encima del resto de las mujeres.

A su vez, una mujer sola no tenía recursos ni formas para sobrevivir, pertenecer a una tribu le daba seguridad, cobijo y cuidados. A pesar de la autonomía de la que muchas mujeres gozan en la actualidad, esos registros ancestrales todavía pulsan muy fuerte en el inconsciente.

El útero es parte del sistema energético-corporal de las mujeres y hemos sobrevivido sin su completa energía por milenios, no necesitamos venerarlo, solo incluirlo. Recibirlo da inicio al camino del despertar.

Lamentablemente, si no hay un verdadero proceso de reconocimiento y reconciliación individual, la sacralidad, así como la iluminación, no resuelve nada, por el contrario, crea ilusión, expectativa y alimenta un ego espiritual que transforma la sanación en un mandato más para las mujeres.

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